Un
huérfano errante por el monte espeso vió
un hacha suspendida en el aire, que por propio impulso
cortaba leña.
La leña se hizo un atado
y por veredas fué rodando, rodando y tras
el muchacho,
El Fardo se adentró en la Pirámide
de los Nichos, morada de los doce tajines, doce
viejitos,
quienes tomaron al joven a su servicio.
Los
viejitos cuando salían a trabajar sacaban
de un baúl capas, botas y espadas; de las
capas revoloteadas producían vientos, y golpeando
con las botas, los truenos y al desenvainar las
espadas, los relámpagos.
Esas
eran las tareas de los doce viejitos.
Durante una ausencia de los tajines el muchacho
tomó el traje más poderoso y empezó
a retozar en el cielo provocando una tormenta pasmosa.
Los viejitos salieron a capturarlo, le echaron montañas
de nubes, y el joven se escabullía;
le pidieron un cabello a la virgen, que arrojado
se volvió cadenas.
Alguien dice que los viejitos, como atadura usaron
el arcoiris.
Al joven lo precipitaron en el mar, en el fondo
yace, ahí ha envejecido.
Por el día de San Juan se revuelve, se oyen
sus voces roncas, graves, quiere saber la fecha
exacta de su santo para poder celebrarlo pero le
engañan, pues de saberlo se desataría
un diluvio.
